Que la muerte es una bisagra no es novedad. Pero cada vez que te toca de cerca pega fuerte y no se puede hacer más que pensar en ella. Y todo toma otra dimensión, las cosas se ponen negro sobre blanco y no retrocedemos ni avanzamos, Quedamos petrificados con la mueca instalada en la cara, pensando quizá que pasaremos desapercibidos si no hacemos ruido. Nadie quiere morir ¿nadie? No conozco a nadie que lo quiera, y los que se murieron tampoco querían. Pero la ruleta rusa funciona y un día te cae al lado y pum, chau, que no entendés ni sabes si querés entender. No importa si esa persona que se fue (¿nos vamos o nos llevan?) era joven, si estaba enferma, si se cuidaba. En ese punto aparte ya no importa, y aparecen los recuerdos, las imágenes, los olores y las ganas de que todo lo malo haya sido un sueño, despertar y que las voces de los que no están vuelvan a ser escuchadas. Vuelvo a la sensación de cuando era muy chiquita de taparme los oídos, cerrar los ojos y echar a los fantasmas. Pero no funciona, ya de grande no funciona. Tuvimos que aprender a abrir los ojos, pararnos fuertes y aguantar ese dolor que viene desde lo más adentro de las tripas. Y lloramos, porque lo sentimos necesario, porque por ahí está bueno ser débil de a ratos, y permitir que los abrazos, los besos y las miradas de complicidad aparezcan. Porque cuando llega la muerte tan cerquita nos sentimos solos, desamparados, desesperanzados. Ese amigo que traía música, risa, alegría y muchísimo amor ya no está pero entendí algo que siempre me sonó a frase hueca, es sólo tiempo. Tal vez los 41 llegan con la mirada en perspectiva y el tiempo que va pasando se transforma en compañero de camino, tal vez son las ganas de volver a verte amigo, con tu comentario que terminaba en carcajada. Claro que lo que falta para vernos es un montón. Montón de tiempo y cosas que ya no compartiremos aunque sea a la distancia, tangiblemente, aquí y ahora. Me quedo corta con las palabras porque la emoción llega. No hay mejor forma de recordarte que no sea con tu música y tu alegría que contagia. Dale Ari, nos vemos pronto y esperanos con un mate amargo de esos imprescindibles, como vos, como todos los que en la vida nos modifican para siempre,

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